martes, 28 de octubre de 2008

Donde el alma descansa

Qué será de mi cama cuando ya no esté conmigo. No imagino en qué circunstancias pasará tan aberrante e ilógica separación. Desde que dormí por primera vez en ella supe que no sería sólo un espacio únicamente para que el cuerpo descansara. No. Es tanto más por lo que he vivido, soñado y sentido sobre su materia firme y restauradora.
Llanto desmedido sin temer que el otro escuche. Movimientos desesperados para lograr dormir sin despertar a alguien. Sueños reveladores y nombres balbuceados sin que nadie se sienta ofendido... jadeos y sexualidad incontrolables como dulce ofrenda al que los engendra en divina sincronía con los que, en esa boca, he conquistado se emitan.
En algunas de las últimas noches (hace un mes, para ser precisa) mi lecho ha escuchado incontadas confesiones, se ha erosionado con vehementes fricciones, amorosas, convencidas, y ha sufrido la ausencia del hombre que deja su alma y esencias, y que se va pero se queda.
Por eso digo que... qué será de mi cama cuando ya no esté conmigo... qué será de mí cuando ya no esté conmigo. Híjole, hasta escalofrío me dio.

Ya, pues, ya me voy a dormir.

Redireccionando

Siempre he sido fiel defensora de los inicios, de lo que nos salva del desvío cuando ya andamos encarrerados y nos dirigimos a lugares poco confiables, esos donde olvidamos nuestro objetivo de vida, de nuestra vida, de los propósitos que nos hacen más valientes. Siempre he dicho que las raíces nos redireccionan a tomar las firmes convicciones que nos hicieron desertar de lo que daña, de lo que no deja crecer, de lo que nos hace abandonarnos.
Por poco y las pierdo, y mientras ocurría caí en una soledad casi horripilante, así de cerca de la que sentí en un destartalado camión a través de la oscuridad provinciana más profunda dejando atrás la tumba de mi madre a pocas horas de enterrarla. Sin embargo, desapareció cuando me aferré muy fuerte al brazo de mi padre. Ahora sé que es lo único que me librará de tan aterrador desamparo.
Esta vez, teniendo a la vista el camino de regreso, me convenzo de que debo seguir sin que nada me distraiga, que debo trotar para no agotarme, pues las caídas, ah, cómo descalabran. Si lo sabré yo.

viernes, 24 de octubre de 2008

Me consiento

Ayer no me sentí muy bien que digamos. Es que pasé una nochecita que descargó mi batería por completo. Con una junta importante con el encantador y h. crew de la revista para eso del rediseño (hecho que habría llenado mi reserva energética, pero no fue así), estuve medio 'chipil' y con mucho sueño. Así durante 10 horas.
Ya en el camino de regreso, fue inevitable asomarme a uno de esos exuberantes escaparates fílmicos, donde se muestran cajitas de colores (y en blanco y negro) que entusiasman la pupila. Y la cartera. Compré tres y la salud mejoró. Oh, sí:

1. El esqueleto de la Señora Morales: cinta mexicana con Amparo Rivelles y Arturo de Córdova, en la que Rogelio A. González demuestra que la taxidermia es la solución para cualquier problema en pareja.

2. Escuela de vagabundos: Esos close-up a Pedro Infante me han hecho olvidar un poquito la parte superior de sus jugosos brazos.

3. El crimen ferpecto: aunque no es la mejor de mi Alex de la Iglesia y es sólo ligeramente perversa, esa 'moda payaso' fue una excelente idea.
Esta noche dormí muuuy bien...

sábado, 18 de octubre de 2008

¿Recuerdo?

Soy fácil de impresionar, lo confieso, hasta de mí misma, cuando descubro que algunos recuerdos se han esfumado por completo. Ayer tuve una visión nada alentadora cuando me recordé con un delgado libro en mis manos a la edad de 12 años: pasta blanca y con un chico de cabello rubio y rizado ataviado con ropaje de príncipe, y a sus pies, un planeta. Digo 'nada alentadora', pues la lectura –recuerdo– fue poco atendida por su servidora. Era una historia 'obligada' en aquellos tiempos de escuela. Por eso, acaso, le di sólo la importancia que merece una tarea. 'Sólo'.
Ahora me recuerdo en una mesa de madera, en ella un tarro de cerveza oscura, la promesa de ver llegar una gorda pizza especial y yo dibujando sobre un mantel de papel blanco con las crayolas que llenaban un botecito. Enrique, mi apuesto acompañante, me pidió que le trazara un pequeño cordero en una caja, "pero con hoyitos para que pueda respirar". ¿El escenario? Un desierto, y en el extremo izquierdo del terreno, un avión (que más bien se parecía a Keiko).
Quise revivir mis días de gustoso intento por el dibujo (recuerdo que no lo hacía tan mal), pero cada línea fue peor que la anterior, mientras Enrique me observaba divertido, muuuy divertido. Hice lo que pude. Cuando terminé –tratando de descifrar lo que 'mi obra por encargo' significaba– sólo exclamé que era "algo bastante conceptual"... ¡¿Conceptual?! Vaya que he olvidado algunas cosas verdaderamente importantes en eso del aprendizaje, alimento literario, vamos, lo que realmente vale la pena para ser un poco más sensible e ilustrado. Qué chasco (y desilusión) me llevé cuando me preguntó: "¿leíste El Principito?". Me habría avergonzado menos si mi respuesta hubiera sido 'no'. También recuerdo comentarle enseguida un dato curioso (que escribí en uno de mis post) sobre ciertas cartas de amor expuestas en un museo de Francia, una de ellas la de Antoine de Saint-Exupèri (me disculpo otra vez, pero he hecho un copy-paste al nombre del escritor... chale). No fue suficiente para compensar mi incomodidad. Es que 'mi' Quique, pfff, aprecia tanto tanto el arte de las letras, el cine, la música... la vida. Y de El Principito se aprende mucho de ella... ahora lo recuerdo. ¡Ahora!
Enrique me prometió leerme el libro y que se estacionará con singular gusto en el tercer planeta, donde habita 'el borracho' (¿por qué será?).
Como este personaje, mi fuerza de voluntad es casi nula; sin embargo, debo retomar mi hábito por los libros (ejem, y por el dibujo).
Chanclas mayores. Y no, por favor, no aplaudan.

domingo, 12 de octubre de 2008

El hombre que murió una y otra vez

Como la buscatesoros televisivos que soy (señores, todo en pro de mis lectores revisteros), me enteré que el canal TCM dedicará los miércoles y sábados a los más representativos filmes de terror este mes.
Sin tiempo para cazar los 'programas monstruo' entre semana, este sabado logré ver de un jalón Drácula, El hijo de Drácula y La mansión de Drácula, la cual cobija a dos actores infantables del género: John Carradine y Lon Chaney Jr.

Del primero el célebre apellido es identificable, sobre todo por la generación Tarantino (aunque a John yo lo conocí por mister Allen). Del segundo, sólo hay que decir que, a diferencia de David a.k.a. Kung Fu a.k.a. Bill (para la generación Tarantino), corrió con la mala suerte de vivir a la sombra de su multifacético y exitoso padre, Lon Chaney, el famoso Quacimodo en El jorobado de Notre Dame –aunque por su rol como El fantasma de la Ópera, de 1925, fue más reconocido– y a quien apodaban 'el hombre de las mil caras'.

Sin embargo, dispar a Chaney padre, Lon Jr. intentó impactar con sus inmejorables actuaciones (también en teatro y fallidos westerns) sin lograrlo, pues sólo fue ubicado por las toneladas de pelaje y vendas sofocantes sin transmitir eso que su progenitor obtuvo con sus seres deformes pero víctimas del destino, que detonaban en la audiciencia no sólo horror, sino también compasión, destacando así la sensibilidad del personaje. Chaney hijo se empeñó sin conseguirlo, a pesar de ser un gran actor. Pero nadie lo notó.

Las caracterizaciones del licántropo angustiado y la momia imperturbable no fueron suficientes para el deseado despunte del histrión, quien fue un niño casi olvidado (su madre intentó suicidarse con bicloruro de mercurio) y hasta los 10 años vivió en algunos internados por la separación de sus padres. Fracasó al querer ser como su procreador y, si hubo culpables, además de la suerte, la Universal tuvo mucho que ver, pues le negó los remakes del jorobado francés y el fantasma enamorado, pa'mpezar. Una notoria discriminación por no ser el mismo 'Lon primero'.
Sólo Of Mice and Men (1939) le hizo creer a él mismo (y a los espectadores) que podría ser el actor que la Universal esperaba sin pensar en los encasillamientos... Pero no fue así, con todo y el papel, de realismo sorprendente, de un gigantón retrasado que es injustamente relegado laboralmente (y hasta por su mejor amigo) en plena depresión estadounidense. Sin duda, el tipo de roles que a su padre lo situaron en el podio de los mejores asalariados y, sobre todo, como una de las alabadas figuras de la malagradecida industria, incluido el público.
Chaney Jr. –que también fue compositor– consiguió después los trabajos que lo marcaron como el hombre detrás del monstruo sin el reconocimiento que él esperaba –además de otros roles de caracter con malos resultados de taquilla–, algo que lo llevó al alcoholismo y, por consecuencia, a padecer cáncer de garganta hasta perder la voz... Por ello, sólo obtuvo el papel de Groton, el ayudante mudo del doctor Frankenstein en Dracula vs. Frankenstein en 1971. Fue su última actuación. Murió dos años después.

Todos recuerdan a Boris Karloff y a Bela Lugosi como algunos de los 'malditos' del terror por sus lapidarias interpretaciones (ellos mínimo fueron premiados con un Star on the Walk of Fame cada uno)... Yo recuerdo a Lon Chaney Jr. como el ser de 1.90 metros que, como el Hombre Lobo, "moría una y otra vez" en cada transformación, sabiendo que nunca tendría la 'certificación' que su padre logró con sus mil caras.
Me entristeció su biografía transmitida hace unos meses en otra señal de TV. Perdón por la sensiblería, pero, señores, en el encuentro de estas emotivas historias debo humanizarme para ofrecer un mejor productor, ¿no? Y es que, además, tengo un par de vodkas encima. Snif... Y aplausos.

¡Jíjole! ¡Ya son las 3 aeme! Naaah, no le hace. Es domingo.

jueves, 9 de octubre de 2008

Del amor... al cine

Como habrán notado a lo largo de muchos posts sobre estupideces varias y uno que otro documento de importancia, tengo escaso (creo que nulo) conocimiento si al cine me refiero. Sin embargo, lo amo. Suficiente para escribir sobre él.
¿Mis favoritas? Si me acerco a lo asquerosamente mainstream y a una que otra opción clase B, siempre regreso al regazo de mis clásicas entrañables. Sí, esas por las que recuerdo a mi abuelo no como mi abuelo, sino como un extra inolvidable; por las que disfruto a Pedrito y sus bíceps torneaditos y hasta considero a Esther Fernández con todo y sus pésimas actuaciones, entre otras razones que hacen de mí una verdadera fan de la época de oro sobre plata.
Sin olvidar las policiacas que queman llanta y al dueño de un par de hermosos ojos azules como conductor de un Mustang 69; a Sir Alfred Hitchcock, que lo quiero más luego de Dial M of Murder (gracias, Enrique de mi alma), las gloriosas de Semana Santa (en las que sí había muchedumbre de carne y hueso) y la ciencia ficción y terror de látex, desde Calvillazo y Ana Luisa Pelufo, hasta Lon Chaney Jr. y Bela Lugosi como los sagrados principales... Aunque todo género me es verdaderamente necesario. Yo le entro a todo. No le hace que Naomi Watts sea la estelar.
No concibo mis días sin el cine, y a pesar del tiempo que es muy cruel (y que la erudición sobre el tema brille por su ausencia), siempre me doy mis mañas para recibir sus bondades en casa o fuera de ella.
Con todo y algunos malestares físicos que pude evadir gracias a una buena bebida energetizante, en un ratito iré a la Cineteca... Gracias, Enrique de mi alma.

viernes, 3 de octubre de 2008

De enojos y calores

A pesar de las bajas temperaturas en los últimos días, se han enardecido mis ánimos con una que otra noticia. Sobre todo ayer.
Primero fue el prometido cambio de equipo de cómputo, un trámite que desde hace tres meses se había realizado al pie de la letra y que, me enteré, ni siquiera había procedido. No importó el papeleo ni los quinientos personajes por los que pasaron dichos formularios que llenamos exhaustivamente. Simplemente, se perdieron. Después, el saber que un importante aumento de sueldo no se llevaría a cabo 'hasta nuevo aviso' –que no es el mío– me enervó más. No me atrevo a decirle a la afectada, o sea, a mi querida coordinadora editorial.
Pero también hubo una mención sobre algunas líneas escritas por esta servidora el pasado y muy caliente abril en este h. blog, que hizo recordar las ardientes intenciones de muchos ganosos conocidos, cuyas máximas iban desde "yo tan solo y tan sexoso", hasta "con este calor se coge más rico"...
Entonces sólo desfilaban alacranes y hormigas en mi cama, mientras un desquiciante calor envuelto de insomnio logró que fuera uno de los meses más negros, aunque catárticos, de mi vida después de mi desastrosa ruptura.
Qué bueno que ya hace frío, así se calma la rabia que provocan mis enemigos burocráticos y mitiga el pesar del sofocante recuerdo de la pasada primavera, que estuvo muy, pero muy lejos de detonar en mí algo parecido a esos 'ardientes deseos' que muchos deleitaron.

miércoles, 1 de octubre de 2008

... Natural

Hay seres que hacen reconocernos, saber de lo que estamos hechos, mientras lanzamos el necio aviso de "salvese quien pueda" con la certidumbre de que nos bastamos solos para ajustarnos –sólo ajustarnos– al futuro... Vamos, ese instinto de conservación que, algunas veces, ha funcionado para prevalecer ante la hecatombe que provoca desaliento, aunque ganas y empeño para evitar que ocurran réplicas.
Pero como si fueran caballos blancos, arriban en suelo yermo y nos salvan del abatimiento para descansar en ellos y aferrarnos a su cuello. Y no querer bajar de ahí nunca más para ni siquiera descubrir qué tan fértil es nuestro porvenir.
A mí ha llegado ese corcel, tan brioso y natural, desde hace mucho tiempo... sin que yo me diera cuenta.